creación literaria & soluciones textuales

PROFESOR

 

Carlos Castro Rincón (Venezuela, 1984)

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1 sé que Alonso Quijano se volvió cómicamente loco de tanto leer y sé que Hamlet desencadenó una tragedia innecesaria de tanto pensar y sé que muchas y muchos se han estropeado la existencia de tanto escribir (es lo que tienen todos los excesos) y sé que la vida no tiene por qué convertirse todo el tiempo en literatura; pero cuando (por necesidad autorreflexiva) a veces lo hace, me gusta estar allí para ver CÓMO lo hace

2 la literatura no tiene por qué ser exclusivamente un estudio, una tediosa suma de saberes; también puede ser una placentera y significativa práctica íntima, un monólogo personal que deviene en diálogo colectivo: escribimos y leemos para definir nuestra irresoluble relación con el lenguaje y con el mundo (el mundo interior, el exterior, el propio, el del otro) a partir de cosas inexplicables que nos movilizan la curiosidad, los dedos, los ojos: una voz, un personaje, el detalle vertiginoso de una situación equis

3 dedicarse a lo-que-a-uno-le-gusta (el noble goce de una pasión creadora que quiere estar la mayor parte del tiempo lidiando —peleando y reconciliándose— con la naturaleza, el comportamiento y los efectos de las palabras: no sólo en la imaginación propia sino en las imaginaciones ajenas) está casi siempre siendo acechado por la inestabilidad y la desilusión que sobrevuelan los trabajos —las vocaciones, los entusiasmos— culturales; situación todavía más compleja en el escenario contemporáneo de las redes que carcomen tiempo y atención, la alienante hiperproductividad y los contratos precarios

4 para mí, impartir clases de literatura práctica pasa por el maravilloso y desafiante hecho de estar al servicio de esa pasión en los demás: uno tiene que decidir, a partir de sus investigaciones, de determinados criterios que se supone domina o que al menos tiene bien estudiados (aparte de cuestionar, estimular y acompañar las ideas y las palabras del otro, manteniéndolas lejos de los clichés y las imposturas, ayudándolas a encontrar, atravesar y superar dificultades, a que funden una poética), si los textos de los alumnos funcionan o no: una decisión siempre ardua, porque (confesiones aparte) cada vez me cuesta más trabajo determinar si un texto (inédito, publicado, clásico, moderno, contemporáneo) es bueno o no, cada vez me cuesta más trabajo juzgar y diferenciar, llevarlos hacia algún Ideal Estético Supremo

5 pero creo que de cierto modo esta incertidumbre es una virtud, una oportunidad: el valor, la consistencia, la densidad expresiva y conceptual de una buena frase o de un buen párrafo o de un buen verso son fenómenos que todos los que sabemos leer y escribir podríamos consensuar (aunque aquello que hace que el orden preciso de unas palabras nos conmueva de modo emocional o intelectual es, después de todo, absolutamente subjetivo): la literatura es una larga conversación inacabada

6 sí, una fabulosa conversación que acerca a las personas (vivas, muertas, diferentes, semejantes, reales, inventadas) y que, paradójicamente, separa a la literatura de sí misma: cuando lucha consigo, como lenguaje que anhela traspasar sus propios límites (¡pero si son sólo signos sobre un papel!) para ser paisaje, música, idea sublime, para ser bella vivencia transferible de un ser humano a otro

7 a los 18 empecé una carrera en Ciencias; y la verdad es que la cosa no iba mal: ahora sería un tranquilo detective de sustancias corporales si nunca me hubiera hecho cuatro preguntas esa noche: ¿la vida es un fin en sí mismo o sólo es un mero instrumento para la propagación de secuencias de ADN?, ¿todo obedece a inquebrantables leyes naturales (físicas, químicas, matemáticas y biológicas) o también hay momentos y espacios donde podemos crear libremente nuestras propias leyes imaginarias para ponernos a jugar con cosas reales o inventadas hasta producir experiencias con significado que puedan compartirse?, ¿una gota de lluvia sólo es una gota de lluvia o también puede ser una gota de lluvia nostálgica?, ¿no podría ser un copo de nieve desnudo? 

8 a los 20, por capricho, por terquedad, por amor, por abismo, brinqué de pronto hacia las Humanidades en una peligrosa ciudad lejos de casa

9 la literatura es una experiencia, y experiencia es (quizá) precisamente eso que obtenemos cuando no conseguimos lo que deseamos; como dice la canción:
you can't always get what you want
but if you try sometimes
you might find
you get what you need

porque siempre existe la posibilidad de que el lenguaje sea una criatura viva que trama sus propias e inadvertidas confabulaciones

10 Roland Barthes lo dice mucho mejor que yo: «La ciencia es vasta, la vida es sutil, y para corregir esta distancia es que nos interesa la literatura»

Licenciado en Letras (UCV, Caracas, 2010) y Máster en Escritura Creativa (US, Sevilla, 2012). Ha publicado Objetos perdidos, ganador del X Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2013) y Paradero transparente, finalista del XXVII Premio Loewe a la Creación Joven (2014), publicado por palimpsesto 2.0 (Sevilla, 2015). Trabajó durante cinco años impartiendo talleres de Poesía, Cuento, Novela, Lectura y Ensayo en Casa Tomada, el legendario espacio de formación cultural en Sevilla. En 2017 fue panelista de la mesa Didáctica de la Lengua y la Literatura del VI Congreso Internacional Multidisciplinar de Investigación Educativa, en la Universidad de Deusto, organizado por la AMIE. Fue profesor del I Curso de Verano «Escritura Creativa y Discapacidad», coordinado por el SACU de la Universidad de Sevilla, y durante dos años fue profesor asistente del Departamento de Talleres de Expresión Oral y Escrita de la Escuela de Letras de la UCV, donde también obtuvo en 2007 el primer lugar en el IX Festival Literario, mención Cuento Breve, con un puñado de microrrelatos titulado Algo es algo. También ha sido librero, colaborador en Letralia y Las Malas Juntas y editor en editoriales de cuyos nombres no quiere acordarse. En 2018 resultó primer finalista del XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, con su diario La maqueta de los días invisibles. Es miembro de la EACWP (European Association of Creative Writing Programmes). 

 
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Recordé el día en que mi abuela Isabel me enseñará a hacer criptogramas. Estábamos en el porche de la casa de Las Acacias, en una tarde lenta, gelatinosa, olor a cigarro y a tinta y a poleo y a Jean Naté, y yo la veía meditar mucho rato, hurgar quién sabe qué en el cielo, antes de escribir una sola letra sobre un rectángulo hecho de cuadros blancos y negros que estaba en una de las páginas del periódico. En una de esas, curioso, dejé tirado mi G.I. Joe en el suelo y me acerqué a la mecedora, a sus majestuosas piernas, y vi que los cuadros blancos tenían cada uno, debajo, un numerito, y que había también solitarios signos de puntuación esparcidos por aquí y por allá. Entonces ella me explicó cómo cada número correspondía a una letra del alfabeto, y que uno tenía que descubrir —tanteando— si el 5 era una Q, si el 14 era una L. Y te daban solamente una pista. No lo podía creer. Ahí decía algo. Pero estaba escondido. Y el procedimiento no requería, como en los crucigramas, grandes conocimientos previos. Una curiosidad circunstancial no tardó en convertírseme en monstruosa obsesión. Había que tener muchísima paciencia, había que confiar y dudar al mismo tiempo hasta que los hallazgos fueran legibles, hasta que las palabras que se fueran formando tuvieran sentido unas con otras, porque pa_a podía ser pala, pasa, para, pata… Aun así, la espera, la torpe y pausada construcción, valían la pena. Por supuesto, no recuerdo qué decía ni de quién era ninguna de las frases que desciframos juntos, en esas tardes lentas, gelatinosas, olor a cigarro y a tinta y a poleo y a Jean Naté, pero sí la inexplicable fascinación que me producía leerlas. Así que mi abuela, para muchos una impertinente vieja chismosa, era quizá, en el fondo, una mujer a la que simplemente —hurgando en cielos ajenos— le apasionaban los secretos por descubrir.

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